“¡A mí me funciona!”… ¿De verdad? (doctora SHORA)

Transcribo literalmente una entrada del blog La doctora SHORA por lo brillante e instructivo que resulta… a veces es muy difícil hacer entender al paciente que el que algo “le haya ido bien” no significa necesariamente que funciona. El que quiera entender… que lea.

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Pocas expresiones son tan utilizadas en el mundo de los pacientes como el “¡A mí me funciona!”: Una extraña mezcla de convincente sello de garantía personal y, al mismo tiempo, poderosa arma publicitaria, lista para transmitirse de boca en boca. De hecho, no es casualidad que los productos milagro y las pseudomedicinas se aprovechen de esta ingenua e inocente exclamación: cuando las pruebas científicas de efectividad terapéutica brillan por su ausencia, los testimonios personales con “A mí me funciona” oscurecen por su abundancia.

Para comprender un poco mejor el lado oscuro de esta coletilla, nada mejor que ponernos en una situación cotidiana: Después de un duro día de trabajo, volvemos a casa y un horrible dolor de cabeza nos amarga la tarde. Decidimos entonces utilizar una pastilla X recomendada por la vecina del quinto (que le iba muy bien) y, con el paso de 2 ó 3 horas, el dolor de cabeza va desapareciendo, para nuestro gran alivio. Blanco y en botella: Me ha funcionado… o no.

La realidad es mucho más compleja de lo que apreciamos en un primer momento y nuestra experiencia personal está, por mucho que nos duela, muy lejos de ser infalible. Lo cierto es que sólo por esa vivencia no podemos estar completamente seguros de que haya sido el tratamiento que hayamos tomado la razón de nuestra curación (aunque sí que puede ser un indicio). Las razones por las que el “A mí me funciona” no es sinónimo de garantía total son las siguientes:

Ilusión de causalidad. Nuestro cerebro está especialmente acostumbrado a relacionar fenómenos. Si algo ocurre antes de un suceso, tendemos a pensar muchas veces que ese hecho debe haber sido la causa de ese suceso. Muchas veces acertaremos, pero otras patinaremos estrepitosamente. Siguiendo el ejemplo comentado anteriormente, la ilusión de causalidad aparecería así: Si me tomo una pastilla y el dolor de cabeza desaparece poco después, luego ha sido la pastilla la causa del cese del dolor. Ese razonamiento estaría muy bien si no fuera porque en esa desaparición del dolor han intervenido otros factores aparte de la pastilla que nosotros hemos ignorado inconscientemente. ¿Cuáles pueden ser estos factores? Sigan leyendo.

Remisión natural o espontánea de las enfermedades. Un importante porcentaje de las enfermedades es capaz de remitir sin ningún tratamiento gracias a la capacidad del cuerpo humano para vencer la enfermedad. En los extremos de ese rango de enfermedades con posibilidad de remisión encontramos por un lado, a la gripe, con una remisión de prácticamente el 100% (que dura 7 días con medicación y una semana sin tomar nada) y, por el otro, a ciertos casos de cáncer, que remiten muy raramente por sí mismos (y entonces se consideran milagros). En nuestro caso señalado, el dolor de cabeza va a terminar remitiendo por sí mismo más temprano o más tarde según las causas que lo hayan desencadenado. ¿Cómo podemos estar seguros de que ha sido la pastilla y no nuestro cuerpo?

Regresión a la media. Las personas tienden a buscar un tratamiento cuando los signos y síntomas de la enfermedad son más evidentes y serios. Sin embargo, por la evolución natural de muchas enfermedades, éstas suelen remitir a una clínica más leve pasado un tiempo.  Así, por ejemplo, un dolorcillo ligero de cabeza suele ignorarse frecuentemente mientras que a una incapacitante migraña muy raramente se le hará caso omiso. Cuando buscamos un tratamiento, el dolor está en todo su apogeo y lo frecuente es que se vaya aliviando por sí mismo. Este fenómeno es especialmente llamativo en enfermedades crónicas que cursan a brotes cíclicos donde hay temporadas en las que se está muy mal y otras en las que la enfermedad apenas se muestra. Como ejemplos: la psoriasis, el lumbago, el lupus…

Efecto placebo. No es estrictamente necesario que un tratamiento tenga que tener algún efecto activo para producirnos una mejora en nuestra salud. Una simple pastilla de azúcar puede hacernos mejorar si estamos convencidos de sus beneficios curativos. El dolor, precisamente, es uno de los síntomas que más pueden aliviarse gracias a este extraño fenómeno. Por lo tanto, cuando tomamos una pastilla (sea o no efectiva) para nuestro dolor de cabeza tenemos que tener en cuenta un potencial efecto placebo que puede engañarnos y hacernos pensar que, realmente, el tratamiento ha sido efectivo. La cuestión es que, en este caso, es muy difícil distinguir un placebo de un tratamiento efectivo sólo por esta experiencia personal.

Así pues, ante tantos factores que nos confunden, ¿de qué forma podemos estar seguros de que el tratamiento que hemos tomado es efectivo y no un mero placebo, una mera remisión natural o una regresión a la media? La respuesta está en los ensayos clínicos más rigurosos, que son aquellos que está sistematizados, aleatorizados (los grupos tratados con placebo o tratamiento activo se dividen al azar) y a doble ciego (ni los pacientes ni los médicos saben cuál es el tratamiento efectivo y cuál el placebo). Aunque muchas veces no se valoren como es debido, los ensayos clínicos han sido uno de los grandes avances de la medicina porque nos han permitido conocer, con garantías, la verdadera eficacia de los medicamentos. Sin duda, un punto de partida indispensable para el progreso de la medicina, pues nos permite rechazar lo que no tiene efecto y centrarnos en los tratamientos efectivos.

Continuado con el ejemplo del dolor de cabeza, gracias a un ensayo clínico podemos comparar el alivio del dolor de cabeza provocado por un placebo y por un tratamiento efectivo.  Sabremos, con garantías, que el tratamiento efectivo lo es por sí mismo porque consigue aliviar el dolor de cabeza en un porcentaje de personas evidentemente mayor que el placebo. Como además los estudios se hacen con cientos o miles de personas, las remisiones naturales o las regresiones a las medias ocurrirán, pero en ambos grupos por igual, lo que nos permite descartar estos factores de confusión.

Así, pues, ¿qué puede hacer un ciudadano de a pie para saber con garantías si lo que está tomando es efectivo? Desde luego, realizar un ensayo clínico no entra dentro de sus posibilidades pero sí puede consultar aquellos ya realizados a través de webs como Pubmed o Cochrane (aunque, eso sí, es necesaria cierta formación detrás) o la base de datos sobre medicinas, hierbas y suplementos de Medline Plus (apto para todos los públicos). La otra posibilidad es consultar a su médico de confianza que practique la medicina basada en la evidencia (desgraciadamente, hay muchos que no cumplen este requisito). Una última opción, aunque más desesperada y mucho menos fiable, es asumir que el tratamiento es efectivo porque está comercializado y se vende en la farmacia. En ocasiones puede ser así, pero hay muchos tratamientos que cumplen estos dos requisitos y son meros placebos, generalizados (como la homeopatía) o para ciertas indicaciones concretas (las vitaminas indicadas para el cansancio, los mucolíticos en resfriados, etc…).

Ahora que conocen todos estos detalles, la próxima vez que valoren la eficacia de su tratamiento en base a su experiencia personal, recuerden esto: Cuando el “A mí me funciona” entra por la puerta, la razón y la ciencia médica sale por la ventana.

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