“Me han hecho la revisión de empresa…”

Con esa frase comienza en muchas ocasiones el acto médico en la consulta de atención primaria. Paciente que ha sido sometido a una “revisión de empresa” y que acude a consulta para que le aclaren los múltiples asteriscos de los análisis y porque al pie del informe consta “debe consultar con su médico de familia”.

Pero, ¿tienen sentido las revisiones de empresa? O mejor dicho, ¿tienen sentido las revisiones de empresa tal y como se hacen?.


La Ley de prevención de riesgos laborales 31/1995 “establece los principios generales a los que debe someterse la Vigilancia de la Salud de los trabajadores, y constituye la base normativa actual en la que se sustenta esta actividad”.

El Artículo 14 establece el derecho de los trabajadores a la vigilancia de su estado de salud, así como al deber del empresario de garantizar esa vigilancia.

Efectivamente, las revisiones de empresa son un derecho, no una obligación (igual que la vacuna de la gripe). Por lo tanto, el trabajador puede decidir si hacérselas o no. La excepción a esta voluntariedad está un poco más abajo, en el artículo 22 que establece que “se exceptuarán los supuestos:

reconocimientos imprescindibles para evaluar efectos de las condiciones de trabajo

– para verificar si el estado de salud del trabajador puede constituir un peligro (para él mismo u otras personas)

– establecidos en una disposición legal en relación con la protección de riesgos específicos y actividades de especial peligrosidad”

En todo caso– sigue el artículo – se deberá optar por la realización de aquellos reconocimientos o pruebas que causen las menores molestias al trabajador y que sean proporcionales al riesgo.

Y más adelante y en los siguientes artículos aclara la necesaria confidencialidad, derecho a intimidad, acceso limitado a resultados de la misma, su no uso discriminatorio…

El “kit básico” habitual, aparte de una entrevista/cuestionario y una exploración física, suele incluir un hemograma, una bioquímica sanguínea, un sedimento de orina y un electrocardiograma (ECG). En algunos casos también una audiometría, una espirometría, una valoración de la agudeza visual… y por supuesto la búsqueda sin descanso de tapones de cerumen.

Quizá algunas de ellas estén justificadas según en qué trabajos, y según en qué supuestos de los contenidos en la ley, aunque la sensación es que las revisiones se hacen como rosquillas, en un pack igual trabajes de administrativo en una empresa que como mozo de carga… Ahora ¿qué sentido tiene hacer una determinación de PSA a un varón (a una mujer ya habría sido la bomba) de 35 años?

Como trabajador, antes de someterse a una revisión médica, pregunta si alguna de las pruebas o exploraciones son obligatorias. Si no es así, convendría valorar qué ofrecen y si es recomendable hacerse cada una de ellas o no.

Bueno pero, aunque no sea obligatoria… nunca viene mal un chequeo ¿no?

Pues sí, puede venir mal. La realización rutinaria de pruebas complementarias fuera de toda recomendación no sólo no entraña beneficios sino que puede ser perjudicial. Sergio Minué se hacía eco en su blog hace unas semanas de una reciente revisión Cochrane respecto a la efectividad de los chequeos médicos en personas sanas:

“La principal conclusión es que los chequeos no reducen ni la mortalidad ni la morbilidad total, ni tampoco la mortalidad para enfermedades específicas. Tampoco tienen efecto alguno estas intervenciones respecto al absentismo laboral, las admisiones hospitalarias, las citas no programadas o la preocupación de los pacientes”

Los resultados de esta revisión en absoluto nos deben llevar a la sorpresa puesto que sus conclusiones coinciden con lo que ya se sabía desde hacía tiempo. Los “chequeos” (siempre me ha sido curiosa la curiosa similitud entre cheque y chequeo) presentan muchos más daños que beneficios.

Pues no entiendo cómo hacerse una prueba puede producir un daño.

Todo acto médico, TODO, entraña riesgos.

Todas las pruebas diagnósticas, TODAS, tienen lo que llamamos falsos +, es decir, diagnósticos falsamente positivos que generan pruebas posteriores, tratamientos e incluso intervenciones quirúrgicas innecesarias. Esos falsos son mucho más frecuentes cuando las pruebas se realizan sin ser necesarias, sin estar indicadas.

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